El futuro y nuestro poder para promover cambios

Dra. Ana Rubio Castro

Catedrática de Filosofía del Derecho

Los medios de comunicación nos someten a diario a imágenes terribles sobre los refugiados y los inmigrantes, a los que observamos desde nuestras casas,  protegidos, y agradeciendo no estar en su situación. El dolor ante tales imágenes es tal, que tratamos de ignorarlas, o más peor aún de  decirnos que nada podemos hacer para cambiar lo que está sucediendo. Esta paralización, esta aceptación de la impotencia, no es fruto de nuestra naturaleza humana, sino que es promovida por las propias imágenes que sobre lo real se construye por quienes no sólo controlan la economía, sino también la cultura.

No escuchamos relatos explicativos sobre el porqué de los conflictos violentos en el mundo, no se nos habla de los intereses geopolíticos y económicos en juego,  no nos explican la intervención de las grandes potencias. En esta manipulación informativa,  los actores que aparecen como relevantes  por ejemplo en el conflicto sirio son sólo ISIS y los rebeldes, nadie habla de la población, de la sociedad civil atrapada en un conflicto, cuyo origen fue una petición de democratización del régimen, ni de los actores internacionales que están de hecho interviniendo.

He querido comenzar así mi intervención, porque deseo en primer lugar reseñar la capacidad del ser humano para rebelarse, para transgredir, y construir un futuro mejor. Para lograrlo necesitamos de la utopia, de nuevas narrativas y discursos jurídico-políticos, que nos hagan creer en nosotros mismos, y en la fuerza de los sueños y los deseos.

La utopía nos pone luz sobre la realidad, ilumina y supera la oscuridad que tratan de imponernos.   Funciona como una linterna, no añade nada a lo que existe, sólo nos permite ver más y mejor. Y eso es lo que necesitamos para afrontar el fenómeno migratorio con justicia y para hacer del derecho de extranjería válido el mejor derecho posible.

Las nuevas narrativas que necesitamos son los derechos humanos. La positivización de una parte de los derechos humanos, nos ha hecho olvidar su poder emancipatorio y movilizador. Necesítanos retornar a su origen para capaz su verdadero significado.

Del origen de los derechos humanos hay que recordar en primer lugar el valor sagrado e innegable de estas verdades. Los derechos humanos simbolizan las líneas rojas aceptadas unánimemente frente a todo tipo de poder. Unas verdades que representaban a los seres humanos como depositarios de derechos inalienables y naturales, es decir no otorgados por el poder político o el derecho. Derechos que tenían como fin preservar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. A esta declaración de Jefferson, la asamblea nacional francesa, el 27 de agosto de 1789, añadió que estos derechos sagrados e inalienables eran el fundamento de toda forma de gobierno, y el límite necesario para poner fin a todas las calamidades públicas y a la corrupción de los gobiernos.

Dos siglos más tarde, en 1948, nacería la declaración universal, de los derechos humanos (tras la segunda guerra mundial), en la que se cambia la denominación de derechos del hombre por derechos humanos, así como también el contenido de la igualdad. La declaración francesa hablaba de igualdad en derechos (algo que más tarde se olvidaría en 1893, cuando nace la primera constitución y el primer estado, para hablar tan solo de igualdad ante la ley), mientras que la declaración universal habla de  que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos. El reconocimiento de igual dignidad  de todos los seres humano tiene como fin superar e irracionalizar cualquier tipo de jerarquía humana. Esta declaración filosófica, ética y política, irracionaliza y deslegitima cualquier tipo de clasificación o distinción discriminatoria en el seno de la familia humana. Hemos olvidado este extraordinario mensaje y los presupuesto políticos y éticos que encierra.

Nadie parece hoy poder hablar en nombre de la humanidad, ni nadie sabe cómo hacerlo, si es que fuera posible. Esta destrucción de todo lo conocido, junto a una imagen de desorden construida a partir del bombardeo sobre nuevos riesgos e incertidumbres, incapacita para la reflexión y la acción. Hablamos demasiado de control, de seguridad, de eficacia, de experticia, y muy poco de igualdad, de justicia social, de no a la violencia y de desarrollo humano.

En la Declaración del Milenio(2000) y más aún en la plataforma de acción de Beijing (1995), se retoman los viejos valores e ideales. En la declaración del Milenio, cuando aún no habíamos destruido la confianza en los seres humanos y en la capacidad de transformación de los Estados y los pueblos, se habla de todos los seres humanos y los estados aprueban por unanimidad responsabilizarse por toda la familia humana. Se estaba convencido, en ese momento, de poder alcanzar niveles básicos de protección para todos los seres del planeta en materia de salud, educación, acceso al agua, y al desarrollo.

La globalización cultural nos ha robado la confianza en nosotros mismos y la esperanza en que otro mundo mejor es posible, y lo hace mostrando sólo lo negativo. Las acciones humanas generosas, solidarias, transformadoras, no son noticia. Esta visión limitada de lo real, nos sume en la angustia, y nos deja a merced de quienes, sin rostro, dicen saber qué ocurre, cómo ajustarlo y cómo proporcionándonos seguridad. Sin importar a qué coste en materia de derechos humanos.

Ricardo Petrella, afirmaba que “la globalización arrastra a las economías a la producción de lo efímero, lo volátil (mediante una reducción masiva y generalizada del tiempo de vida útil de productos y servicios) y lo precario (trabajos temporales, flexibles, de tiempo parcial)”[1]. Una forma de producir que está marcando la forma de vida de las personas, haciéndolas caer en la misma rapidez y generación de deseos inútiles, que sólo le llevan a la autodestrucción. La apariencia de movilidad constante que crean las nuevas tecnologías y el desapego que el consumo y los deseos realizan respecto a la necesidades vitales básicas, sumerge a los seres humanos en una espiral de acciones y decisiones impulsivas, en la que es muy fácil caer y de la que es difícil salir, sobre todo cuando los individuos han construido su identidad a través de su imagen personal, el consumo y el movimiento continuo. Por este motivo, pararse, no hacer, es vivido como un fracaso personal y como algo humillante socialmente.

El desorden que representa la globalización y los cambios institucionales en curso no serían posibles, si al mismo tiempo no promovemos individuos  que tienen en todo momento sensación de vacío, de que nada de lo alcanzado hasta el momento tiene valor, sólo valen los nuevos proyectos, los deseos por satisfacer.  Esta situación de permanente auto-exigencia, unida a la movilidad constante  ( hay que estar haciendo en todo momento), nos agota y nos destruye, tanto física como psicológicamente[2].

¿Por qué el no hacer y la falta de movimiento se vive como algo negativo? ¿Por qué pararse para ver (para ver más y mejor) y pensar, no es valorado? Para comprender esta necesidad de movimiento permanente es preciso tomar conciencia de hasta qué punto la sociedad posindustrial nos ha convertido en mercancías para usar e intercambiar. La creación, la innovación, la investigación, ligadas a la productividad, la eficacia y la eficiencia convierte a los seres humanos en medios para la producción, en propiedades de quienes son propietarios de la producción. Por esta razón los hogares y las familias se han convertido en extensiones de las empresas y del trabajo. Basta con mirar los nuevos diseños de interiorismo en los hogares. Los pequeños espacios familiares son hoy espacios multiuso, abiertos, sin intimidad.

Hannah Arendt cuando reflexiona sobre el holocausto, y sobre cómo fue posible llegar a esa situación de deshumanización, constata un hecho muy importante, en mi opinión: se había perdido la capacidad crítica, la posibilidad de distinguir entre el bien y el mal. Las personas se limitaban a seguir las normas sin cuestionarse su justicia,  y no se educaba en valores. El rechazo a juzgar la realidad y a reflexionar sobre ella, producen unas condiciones estructurales, que en ciertas circunstancias de crisis son el detonante de actos sociales de deshumanización. Para juzgar la realidad y poseer criterios con los que poder diferenciar el bien del mal hay que educar en valores, así como enseñar a las personas a pensar y a amar.

La actividad continua a la que se nos somete en los trabajos nos impide pensar; y la falta de utopía nos arrebata el amor a los valores de libertad, igualdad y búsqueda de la felicidad. Cuando dejamos de pensar y de amar, nos deshumanizamos, cosificamos a todos y a todo. Y en ese momento dejamos de ser, humanos.

El derecho antidiscriminatorio en la década de los sesenta, en Estados Unidos, responde a la esperanza y al anhelo de transformar la realidad para hacerla más justa e igualitaria. Se reconocen los límites de la  igualdad de trato  para alcanzar la igualdad real, y se pone de relieve la necesidad de desarrollar nuevos instrumentos jurídicos.  Kennedy en el año 1961, y Johnson en el 1965, deciden imponer medidas de acción positiva a las empresas[3] que realizan contratos con la administración, exigiéndoles cuotas de contratación a individuos pertenecientes a minorías raciales, con el fin de hacer real su incorporación laboral y social. Es importante conocer el sentido político con el que nace el derecho antidiscriminatorio, para evitar incorrectas interpretaciones que desean reducirlo a un simple instrumento corrector o sancionador de prácticas discriminatorias subjetivas. El hecho de que las primeras medidas de derecho antidiscriminatorio fueran acciones positivas demuestra la pretensión de producir cambios radicales en las estructuras sociales, y avanzar en la igualdad y la justicia.  

Aunque la discriminación afecta de un modo directo a los individuos, que son quienes sufren la violencia, la explotación, la marginalidad, el imperialismo cultural y la exclusión del poder,  sus causas últimas no  son un incorrecto comportamiento individual, aunque estos existan, sino causas de origen institucional y estructural. La mayor parte de las conductas individuales discriminatorias, se realizan de forma inconsciente, al haber normalizado y naturalizado relaciones y prácticas opresivas y de dominio. Llevar a la conciencia de la ciudadanía y de las y los operadores jurídicos y sociales la importancia de recuperar el valor de la humano en toda su diversidad  (mediante la defensa y protección de los derechos humanos) y del contenido complejo del principio de igualdad, es imprescindible para hacer del derecho antidiscriminatorio una realidad transformadora. Una nueva realidad jurídica que es clave en el derecho de extranjería.

Para concluir quiero acabar con las enseñanzas que Mitch Albom pone en boca de  un viejo profesor, en su novela: “Son muchas las personas que van por ahí con una vida carente de sentido. Parece que estár medios dormidos, aun cuando están ocupados haciendo cosas que parecen importantes. Esto se debe a que persiguen cosas equivocadas. La manera en que puedes aportar un sentido a tu vida es dedicarte a amar a los demás, dedicarte a amar a la comunidad que te rodea y dedicarte a crear algo que te proporcione un objetivo y un sentido”(Martes con mi viejo profesor). Debemos los profesionales siempre buscar un objetivo más alto que nosotros mismo. El futuro está en nuestras manos y en nuestros sueños.


[1] Petrella, R., “Une machine infernale”, en Le monde diplomatique, junio de 1997, p. 17

[2] La desmaterialización del espacio y la apariencia de movilidad permanente que internet proporciona sumerge al individuo en una existencia que le hace creer que vive muchas vidas en una, al permitirle desplegar múltiples aspectos de su personalidad, sin aparentes consecuencias. Pero esta vida virtual  sumada a la real, si tiene consecuencias, tal y como ya se ha expuesto.

[3] Más tarde estas cuotas se impondrían en las universidades más prestigiosas del país.

Last modified: Wednesday, 28 December 2016, 8:41 AM